"Identidad, cuerpo y arte

Territorio libre para el tatuaje

Originado en las culturas maoríes del Pacífico, el rito de grabarse dibujos en la piel atraviesa la historia y se convierte en expresión en el código urbano actual. Entre los jóvenes, indica una declaración de libertad.

Por Florencia Borrilli,

disponible y publicado el 14/02/2020 en la Revista Ñ, Clarín (seguir este enlace).

Hasta hace poco tiempo se creía que el hallazgo de 5.300 años, correspondiente a un cazador del neolítico conocido como Oetzi en Los Alpes de Ötztal –entre Austria e Italia–, era uno de los cuerpos modificados naturalmente y con tatuajes en la espalda y las rodillas más antiguos que se habían descubierto. Sin embargo, en 2018, al estudiar las momias de Egipto, se encontró una con tatuajes más elaborados y figurativos e, incluso, de mayor antigüedad. “Ahora las momias se estudian con sistemas de infrarrojo y lo que antes se creían manchas en la piel, se sabe que son tatuajes y que se pueden reconstruir”, explica Silvia Citro, doctora en Antropología, investigadora del Conicet, profesora de la UBA y coordinadora del Equipo de Antropología del Cuerpo y la Performance.

Los tatuajes aparecieron en casi todas partes del mundo y son tan antiguos como la propia humanidad: Europa, Egipto, Siberia, Polinesia, Oceanía, Perú y Argentina son solo algunos ejemplos. “En mi caso trabajé con pueblos indígenas chaqueños, abipones y mocovíes, quienes se tatuaban sus rostros”, cuenta. Sin embargo, el origen de los tatuajes se ubica en la Polinesia. El navegante británico James Cook y quienes lo acompañaban en su primer viaje de circunvalación, en 1769, descubrieron esta práctica ancestral en Tahití. El sociólogo y antropólogo francés David Le Breton toma este viaje como el redescubrimiento del tatuaje en Europa. Inclusive la etimología de la palabra inglesa tattoo deriva del polinesio tatau o ta-atuas, donde “ta” significa “dibujo” y “atuá”, espíritu. También plantea que son los mismos marineros quienes, a partir de observar los tatuajes de la Polinesia, toman esta práctica y en el Occidente más moderno la introducen con tatuajes ya más elaborados. Otras comunidades del Pacífico llevarán más lejos la intervención de la piel humana mediante escarificaciones, que reproducen el pellejo del cocodrilo como rito de iniciación.

Más allá de sus orígenes, la idea del tatuaje aparece como marca corporizada de un rol identitario. “Funcionaban como signos para que los otros leyeran en el cuerpo su condición social. En el caso de los Maoríes, a mayor estatus, mayor elaboración”, aclara Citro. Pero esta no fue la única función, ya que también se hacían para embellecer y adornar el cuerpo, para seducir o erotizar, como ritual de pasaje; por ejemplo, marcando el cuerpo para indicar el paso a la adultez. “El tatuaje es un documento de identidad que puede tener distintos niveles. Y si bien el cuerpo está dado por los padres, apropiarse de este es algo que surge desde la adolescencia”, explica Carlos Trosman, psicólogo social , director del Instituto Internacional de Chi Kung en Argentina y traductor del libro La piel y la marca, de David Le Breton, publicado en 2019. “Es diferenciar el cuerpo dado por los padres del propio que lo tatúo y lo marco porque yo quiero”, agrega.

Ritos

Los tatuajes también han sido usados con fines rituales, como una forma de convocar el poder de un ser mitológico, como protección de entidades negativas; y los guerreros lo hacían para tener fuerza en el campo de batalla y sentirse protegidos. A diferencia de Oriente, en Occidente el grabarse algo en la piel tuvo otro sentido. “En Roma estaba ligado a cierto estigma, ya que se usaba para marcar a esclavos y criminales. Se asociaba al desvío social, a la culpabilidad y a la esclavitud”, explica Citro. Los procesos de colonización y evangelización fueron muy críticos de esta práctica a la que consideraban aberrante, bárbara, signo de salvajismo y de infringir dolores al cuerpo. “Las marcas más visibles son las primeras que se pierden en los procesos de aculturación y evangelización. Mucho del tatuaje chaqueño se perdió, aunque sí quedan dibujos de los jesuitas en el siglo XVIII evangelizando la región”, sostiene la antropóloga.

Desde 1960 en adelante las nuevas generaciones se apropiaron del cuerpo de otro modo: “El cuerpo somos nosotros y no un vehículo del espíritu”, comenta Trosman, dejando atrás la idea del cuerpo como pecado que profesaba la religión. De esta forma los movimientos hippies, el punk y el rock –sobre todo en EE.UU. y Europa– comienzan a revalorizar a la juventud antes estigmatizada. Y al entenderla como un período que se busca y desea culturalmente, se empiezan a utilizar los tatuajes como parte de las contraculturas de estas grandes ciudades.

Belleza

Y así llegamos a mediados de los años 80 cuando cambian las técnicas para realizarlos, se renuevan las máquinas y se profesionaliza el oficio del tatuador, antes más artesanal. Los tatuajes empiezan a ser el rasgo característico de grupos de jóvenes de clases medias que quieren marcar la identidad en su cuerpo. Desde entonces, se habla de la masividad del dibujo en la piel y se la relaciona con una etapa de autoconstrucción y autodeterminación del cuerpo: una vuelta al sí mismo centrada en el cuerpo, al énfasis en el yo (la época de la “selfie”).

En la segunda mitad del siglo XX, el énfasis estaba en las tradiciones más culturales, en los mandatos sociales de la familia y en la profesión. Este corrimiento al yo tiene que ver con el cuerpo como un territorio que puedo conquistar y darle la forma que quiero y deseo. “Se dice que esa libertad que no tenemos en las relaciones sociales, sí la tenemos para con nuestro propio cuerpo”, indica Citro. Aunque esa libertad tiene sus límites porque hay un mercado que delimita qué es lo deseable y lo no deseable.

“Hace 30 años no veías a gente tatuada por la calle. Hoy es imposible imaginar un panorama así. Esta diferencia cultural y social no es mejor ni peor, pero hace que hoy el tatuaje sea una industria. Me gustaba un poco más como era en un principio. Por lo demás creo que es positiva su aceptación”, expresa Martín Capocha, tatuador con 27 años en el rubro. La firma alemana Dalia Research realizó una encuesta en 2018 tomando 18 países. Allí se sostenía que el 38% de la población mundial posee –al menos– un tatuaje. De ellos, la mayoría no está satisfecha con, al menos, uno de sus tatuajes, la cuarta parte de los encuestados tiene uno solo, y el resto posee dos o más.

“El tatuaje pasó de ser una marcación que operaba como signo de pertenencia a un grupo social y, a la vez, como inscripción de memorias personales e intersubjetivas (como el tatuaje carcelario o el de los motoqueros) a constituirse en una práctica de belleza más generalizada que se despliega en circuitos de consumo que, desde la ‘pionera’ galería Bond Street en Buenos Aires, no dejó de extender sus locales de tattoo a otros barrios y ciudades”, afirman Citro y Patricia Aschieri, en su trabajo de investigación El cuerpo modelo para (re) armar (Biblos). Con el consumo, todo cambia. Crece el individualismo, la aceleración en la forma de vivir, la exacerbación de la apariencia y la moda y también cierto culto a la juventud como si ésta fuera inseparable la adoración al cuerpo. Citro y Aschieri explican que “en las prácticas corporales que sugiere el mercado para ser uno mismo, una gran mayoría de ellas legitima y refuerza un modelo de cuerpo normalizado (joven, bello y saludable) como el principal artífice del bienestar personal, algo que el pensador francés Gilles Lipovetsky llama ‘narcisismo dirigido’”. Y así los cuerpos narran su historia a través de las cicatrices que van quedando, una cartografía del camino recorrido, “un borde entre lo interior y lo exterior, entre uno y el resto del mundo, un texto para que los demás, al mirar, imaginen alguna cosa”, aclara Trosman.

Esta práctica continúa con énfasis. “Con la invasión de las redes sociales y ciertos estándares, la gran mayoría se tatúa por moda o imitación, lo cual se vuelve contradictorio porque esta manera de diferenciarse se convirtió en algo poco personal”, resalta Capocha, quien fue el primero en abrir un local de tatuajes en Santa Fe.

Cambian las motivaciones, los rituales, la moda; pero los tatuajes siguen expandiéndose por el mundo como narraciones de una gran masa de cuerpos."